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La noche que conocí a Mariano Rajoy


Era un día de verano coruñés, de los de sensación de 25 grados si estás resguardado del viento y 3 bajo cero si no. Los estudiantes, a lo largo del mes de junio, se iban marchando, clase por clase, tan pronto como acababan su último examen del curso. Y ese día, le tocó el turno a la mía. La residencia tenía cierto aire melancólico cuando, ya liberados de nuestras obligaciones académicas, bajamos del autobús y nos dirigimos a las habitaciones para hacer la comida. Por delante, un largo verano estudiantil. Aquello había que celebrarlo, de modo que decidimos que, esa noche, bajaríamos a tomar algo al centro.

 

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Serveeesa, Cocacoola, Barquiiiillooooos

 

Aunque, aquella tarde, no hacía un calor excesivo, varios de mis amigos decidieron pasar la tarde en la playa (La típica tarde de playa SIN baño que tanto trabajamos en Galicia). Yo rechacé la oferta, primero, por friolero: Para ir a la playa a estar en camiseta, me voy a una cafetería. Segundo, por cansado: Tras una larga noche en la sala de estudio, había ido al examen de empate. Mis objetivos vitales a corto plazo consistían en comer cualquier mierda de microondas y enterrarme en el colchón. Les dije que podríamos vernos a las diez de la noche en el Telepizza de cerca de la playa. Nunca fuimos del palo gourmet y, además, nuestra economía no era lo que se dice boyante.

Me desperté como una hora antes de que sonase la alarma del teléfono, desorientado y con el estómago revuelto, como me ocurre siempre con las siestas. Como aun era temprano, empecé a perder el tiempo en internet, en ir sacando los pósters de las paredes y un montón de gilipolleces que ya ni recuerdo. En definitiva, que cuando me quiero dar cuenta, son las nueve y media y aun me tengo que vestir ¡Mierda! Total, que me pongo la misma ropa de por la mañana, pero con una americana por encima (Un look que grita a los cuatro vientos “Soy subnormal”) y salgo a la parada del bus.

Pero el bus se retrasa y me empiezo a agobiar. Ya ni guardo el móvil, para mirar la hora de forma más ágil. Cuando eran como menos cinco, fruto de la desesperación, medio en coña, medio en serio, extiendo el brazo y levanto el pulgar. Imaginad la escena: Un chaval de 20 años recién cumplidos, pelo a lo Beatle, con vaqueros negros, americana azul marina y una camiseta naranja con la inscripción “Festa da auga 2006 ¡San Roque es cojonudo!” haciendo autoestop en una carretera nacional a las afueras de A Coruña. Como para llamar al 112 por lástima y, sin embargo, el caso es que un coche paró.

El Bus 24, ese ser abyecto e impredecible

Un tipo tan solo unos años mayor que yo se asomó por la ventanilla para preguntarme a dónde iba. Llevaba un polo negro con el símbolo de Merc, pero las solapas del cuello se le retorcían hacia arriba delatando la prenda como una imitación. Resulta que eso de que los de la residencia hiciesen autoestop allí era bastante común ¡Y yo creyéndome un “atrevido”! en fin. Ellos iban al puerto y a mi, que ya había aceptado que llegaría escandalosa e irremediablemente tarde, me valía bien. Entré al coche y se presentaron. No recuerdo sus nombres, pero, aunque lo hiciese, tampoco los pondría. Así que les llamaremos Chip y Chop.

Chip era el copiloto, el que había hablado conmigo. Además del polo, llevaba un pantalón pitillo a lo The Strokes, insignia de la modernez del momento. El conductor, Chop, vestía con un pantalón chino y uno de esos  polos de países que se vendían como churros en el Pull&Bear.

El atasco en la avenida de Alfonso Molina era considerable, supongo que por eso el autobús no había aparecido. La conversación se alargaba hasta que acabaron por confesarme sus planes para esa noche: Iban al Palexco, el palacio de congresos del puerto, a una velada del Partido Popular. Sí, aquellos dos tío eran de Nuevas Generaciones. – 

  • Pero no pienses que somos como los del jerseicito por los hombros ¿eh? – Dijo Chip como disculpándose. – Esos también nos caen mal a nosotros. Pero vamos, allí hay de todo.
  • – completó Chop – Yo tengo algún amigo así. Mucho postureo. – Chop parecía estar de acuerdo con su colega, pero no tener esa urgencia por excusarse.

Tal vez por ser el primer día de las vacaciones, yo me encontraba de muy buen humor, así que decidí jugar un poco al rol con aquellos desconocidos: Esa noche, en ese atasco, yo sería un pepero. Por un momento pensé en ponerme en plan “Full PP” de “los moros nos comen” o “el Gallego para hablar con la vaca”, pero Chip y Chop parecían bastante moderados y pensé que, por mi aspecto, no colaría. En lugar de eso, me hice pasar por un “converso”, un joven idealista al que el gobierno de Zapatero había defraudado y empezaba a ver la derecha como la alternativa pragmática.

Chip y Chop, en especial el primero, parecieron muy satisfechos con mi respuesta y la conversación comenzó a animarse. Si bien sus padres no eran militantes, sí habían sido votantes de UCD primero y de AP-PP después, de modo que podemos decir que habían “mamado derecha” desde pequeños y tenían un gran interés por saber qué me había hecho cambiar de opinión.

Comenzaron a bombardearme con preguntas sobre varios temas de actualidad y yo respondía a todas y cada una utilizando tanto argumentos típicos de pepero de forocoches como mis propias críticas reales a cerca de la izquierda. ¿Que me preguntaban por el “Estatut” de Cataluña? Yo les contestaba que siempre había estado en contra del centralismo, pero que la palabra “Nación” tenía unas implicaciones que rompían la ley y eso no podía ser ¿Que me preguntaban por la burbuja inmobiliaria? Yo les decía que había sido una fuente de riqueza durante muchos años y había descubierto  que también la clase obrera se había beneficiado de ello, cosa que obviaba el simpatizante izquierdista.

Aquello rozaba el psicoanálisis, ya que ciertas cosas que estaba diciendo, por aquel entonces, las opinaba en serio: Que la izquierda se perdía defendiendo parcelas ideológicas, que no se puede ser patriota y marxista a la vez, que se usa “la culpa es del capitalismo” como explicación universal para evitar dar soluciones inmediatas… Llegó un momento en que me pregunté si no estaría siendo devorado por mi personaje y no me estaría, efectivamente, convirtiendo en un pepero. Mis dos compañeros de viaje seguían mis explicaciones con gran interés. Hasta Chop, el conductor, se había contagiado del entusiasmo de su compañero y repetía “Ahí, ahí le has dado” a modo de aprobación. En aquel momento, parecía que los tres fuésemos compañeros de trinchera. Y en un momento de camaradería extrema, Chip, el moderno, me invitó a ir con ellos al Palexco. Al principio me pareció llevar la broma demasiado lejos y puse el pretexto de que ya había quedado, pero entonces, me convenció diciendo: “Va a estar Mariano Rajoy”.

Tratad de ponerlo en perspectiva: En junio de 2008, Rajoy había perdido sus segundas elecciones y se creía que su liderazgo en el PP estaba pronto a su fin. En fin, que era una persona más accesible de lo que es ahora. Pensé que podría llegar a darle la mano y sacarme una foto con él. Aquello podría ser un tronchante colofón a mi infiltración en el mundo derechoso. Cuando saqué el móvil para mirar la hora, tenía un SMS de mi colega Juan Carlos diciendo que el Telepizza estaba “petado” y se iban al chino. No me gusta mucho la comida china y menos la de aquel restaurante. Aceptando la invitación a la velada, respondí a mi amigo que ya le llamaría más tarde, que cenaría por mi cuenta.

El lugar de los hechos, de azul PP para la ocasión.

Dejamos el coche en el parking de Los Cantones y nos dirigimos al Palexco. Si no fuese porque había gente fumando en la puerta y las luces estaban encendidas, nadie hubiese dicho que ahí se estaba celebrando nada. Supongo que, ya que iba a estar Rajoy y que era una fiesta, no querrían que asistiesen periodistas. Una vez entramos sí había un cartel anunciando la “Fiesta de verano de NNGG” con el logo de la gaviota y un mínimo dispositivo de seguridad. Chip y Chop se identificaron ante la mujer que repartía los colgantes identificativos y le explicaron que yo venía de acompañante. La mujer frunció el ceño y les dijo que esperasen.

En aquel momento me encontraba ciertamente incómodo. Llevaba unas pintas raras, iba despeinado y, en mi imaginación, todo el mundo me percibía como intruso y me miraba indignado. De haberme, aquella mujer, denegado la entrada, me hubiese sentido verdaderamente aliviado. Pero no. En poco tiempo, la mujer llegó, aún con el ceño fruncido y me pidió mis datos. Le di los de verdad porque pensé que cuánto más sencilla fuese la mentira, más fácil de mantener.  Me dieron uno de los colgantes con mi nombre escrito a mano y una raya en el número de afiliado. Chop me propinó una palmada en la espalda, sonriente, invitándome a entrar primero.

La verdad es que el panorama era un poco decepcionante. La decoración era bastante cutre y los invitados se amontonaban a lo largo de las mesas hechas con caballetes con sus respectivos manteles de papel, disfrutando de un “vino español” en platos blancos con pinta de haber sido usados cientos de veces. También me tranquilizó el hecho de comprobar que yo no era el peor vestido allí, o sea, gente reciclando el traje de fin de año que le queda pequeño, gente vestida de blanco en plan ibicenco… eran los menos, pero al menos yo pasaba desapercibido. Inevitablemente, también vi grupitos de “los del jerseicito a los hombros”, como mis acompañantes me habían advertido, y otros tantos de los del polito con la bandera de España. Clásicos inmortales del folklore facha.

Esperaba algo así, pero no fue para tanto

Mis dos nuevos amigos comenzaron a saludar a gente y a presentarme. Yo me esforzaba por echar los hombros hacia adelante para que las solapas de la chaqueta me tapasen lo de “San Roque es cojonudo”, pero me pude haber ahorrado el esfuerzo porque nadie me prestaba atención y el único que reparó en ello insistió, muy contento, en brindar con una copa de tinto “Por Villagarcía de Arosa”. A juzgar por sus coloretes, no era el primer sitio por el que brindaba. La verdad es que empezaba a pasármelo bien: Todo el mundo era muy amable, muy extrovertido y sorprendentemente poco estirado. Había saraos de izquierdas en los que había visto más “snobismo” y pijerío, para ser sincero.

Llegó un momento en que apareció una mujer. Debía rondar los treinta años y llevaba ropa bastante formal. Resultó ser la jefa de NNGG de la provincia. En aquel momento me pregunté hasta de qué edad se puede ser de NNGG, aunque viendo a Carromero, la respuesta es clara: Hasta que le salga a uno de los cojones. Chip me la presentó y comenzó a hablarle de nuestra conversación en el coche: Cataluña, el gobierno de Zapatero, el matrimonio homosexual… yo le seguí el rollo. La jefa entró al trapo a la conversación, estando de acuerdo con mis (falsas) opiniones, pero siempre teniendo algo que completar, algo que corregirme. Una actitud que, por un lado marcaba territorio como superior y, por otro, me tendía la mano como una suerte de mentora.

Que les hagan el carbono 14 a estos jóvenes

En cualquier caso, ella también parecía impresionada por, y cito “mi honestidad ideológica” al haber sido capaz de reconocer mis errores de razonamiento iniciales y corregirlos. Me animó a unirme a NNGG diciéndome que podría aportar mucho. La verdad es que lo de que tanta gente te de coba, engancha. Yo me sentía una especie de talento recién descubierto y casi me daba lástima que todo fuese mentira.

Finalmente llegó el momento esperado: Mariano Rajoy, en mangas de camisa y rodeado de un numeroso séquito de hombres trajeados, entraba a escena. Toda la sala comenzó a aplaudir. El, en aquel momento, presidente del PP saludaba con el brazo alzado y esa extraña sonrisa que tiene. Me sorprendió que el tío es realmente alto, mucho más de lo que se podría adivinar por televisión. Se subió a un improvisado púlpito y comenzó a dar un discurso. Ni puta idea de lo que dijo porque aproveché el momento de distracción para asaltar los pinchos, que yo había quedado para cenar a las diez y me moría de hambre. Yo creo que hasta bebí del vaso de otras personas, todo muy en plan jabalí, de puto milagro no me manché la americana.

Al terminar, Rajoy pasó saludando a la gente de forma bastante mecánica. Supongo que deseaba acabar pronto para volver a Pontevedra. Yo regresé al grupo de la Jefa de A Coruña con Chip y Chop. El momento llegó y Rajoy se acercó a nuestro grupo. Solo le dio la mano a la jefa, a la que ya conocía. Comenzaron a hablar entre ellos y todos les atendían, pero nadie osaba a interrumpirles. Pero claro, es que me la dejaron botando: Rajoy estaba contando una anécdota de una vez que fue a cenar con Josep Piqué, que fuera presidente del PP catalán, y Rajoy dijo:

  • Fui a cenar con Josep, que siempre es problemático, por la alergia que tiene.
  • ¿A dar propina? – Contesté yo sin pensarlo. Qué liada.

Mi referente político

Rajoy se giró hacia mí con los ojos como platos, descojonándose vivo. Era muy extraño, como si su cuerpo sintiese la necesidad de reírse, pero nadie le hubiese enseñado como hacer eso. Las carcajadas salían desordenadas y ahogadas. “Sí, propina (risas) no, a ver, que Josep es un tipo (risas) un tipo estupendo, pero (risas) que bueno”. El sabía que se estaba riendo de un chiste incorrecto y quería disculparse, pero le hacía demasiada gracia. Yo le contesté “Nah, solo era una broma, señor Rajoy”. Hubiese molado que me diese la mano y me dijese “Llámame Mariano”, pero eso no pasó. Eso sí, aún se reía cuando pasó a saludar al siguiente grupo. Chip me golpeó la espalda de nuevo, diciéndome “eres la hostia, Fer”.

Me quedé un rato más, con idea de retratarme con Mariano, pero me daba reparo, porque nadie lo hacía, así que ni me saqué la foto ni le estreché la mano. Siento que, sin eso, la anécdota se queda un poco coja, pero en fin. Al menos Rajoy se quedó con mi cara, porque luego, cada vez que cruzábamos la mirada me sonreía y aprovechaba para contarle el chiste a los que tenía al lado en aquel momento. La verdad es que creo que se lo pasó bastante bien. Y yo también, para ser sincero. Sentía que estaba en un ambiente de puta madre y había hecho amigos de puta madre.

Pero en aquel momento recordé que yo tenía amigos de puta madre en el mundo real y que había quedado con ellos esa noche. Llamé a mi amigo Juan Carlos, que ya estaba por los bares del Orzán, para avisarle que pasaría por allí en breves y me dispuse a marcharme. Me despedí de Chip y Chop y el resto. Mi sorpresa fue que, al ir a decir adiós de la jefa provincial de NNGG, esta, además de insistir de nuevo en que me uniese al partido, me propuso que explicase por qué había “dejado la izquierda” a los militantes en un próximo acto, en plan ponencia. Yo estaba flipando. Como ella aún no sabía cuándo podría ser eso ni cómo enfocarlo, me pidió mi teléfono para llamarme en el futuro. Se lo di y me fui del palacio de congresos con dudas reales de qué diría si al final me llamaba.

Cuando llegué al pub, mis amigos me preguntaron dónde me había metido, a lo que yo contesté: “Estaba cenando con Mariano Rajoy, se descojonaba con mis chistes”. Mis amigos, diligentemente, respondieron riéndose, mandándome a la mierda y cachondeándose de mi americana. Me parecía muy Mortadelo lo de decir la verdad a sabiendas de que nadie te va a creer, así que no les di más explicaciones, al menos no esa noche.

Rajoy acordándose de mi chistaco

Jamás volví a ver a Chip y Chop pero, si por un casual leen esto, Fer “el autoestopista” os manda un caluroso saludo y espero que no os toméis a mal que os tomase un poco el pelo. Aquella noche me pillé una de esas tajadas de no recordar nada. Cuando me desperté en casa de Juan Carlos, que vivía en el centro, había perdido el móvil. Por miedo a la reacción de mis padres, no dije nada hasta que un par de días después, abandoné la residencia para volver a su casa.

Soy consciente de que esta historia suscita muchas preguntas: ¿Hubiese hecho carrera política en el PP de habérmelo propuesto? ¿Me llamó la jefa provincial esos dos días que estuve sin teléfono? ¿Se acordará Rajoy del chiste que le conté? ¿Tendrán Chip y Chop un carguillo a día de hoy? ¿Acaso algo de toda esta historia ocurrió de verdad?

La respuesta a todo es: “Probablemente, no

 

 

 

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