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O Son do Camiño, una crónica tardía (Parte 3 de 3)


Y por fin el desenlace de esta historia que narra, en plan gonzo, lo ocurrido en el festival O Son do Camiño. Si no has leído las partes anteriores (y suponiendo que quieras hacerlo) están disponibles aquí: Parte1, Parte2.

Último día, sábado 30: Mitomanía.

Cuando me desperté por la mañana, mi afonía se había convertido en un auténtico problema. He descubierto que cuando estás afónico a ese nivel, la gente tiende a meterse más contigo a sabiendas de que no les puedes contestar ¡Malditos cobardes!

Nos habíamos despedido la noche anterior citándonos para un vermú que jamás ocurrió porque en algún momento habría que dormir. A eso del mediodía comenzó a llover a mares. Entre eso, el cansancio, que los grupos de la tarde no nos interesaban mucho (A excepción de Terbutalina, pero eran demasiado temprano) y, para que negarlo, que el Argentina-Francia estaba muy interesante, no nos presentamos en el recinto hasta eso de las 7pm. Justo a tiempo para enganchar el primer gin-tonic y ver empezar el concierto de Novedades Carminha.

Novedades Carminha, foto propia.

El auditorio estaba bastante vacío debido a las inclemencias del tiempo, que sin embargo comenzaba a mejorar. Lo agradecimos tras dos días de constante aglomeración ¿Y qué decir del grupo? Salieron con la ilusión y el aliciente que da tocar en casa y convencieron. Siempre he dicho que este grupo es el heredero del estilo de Siniestro Total por sus influencias punkis y su retranca. Mis amigos y yo no parábamos de mirarnos y partirnos con las letras (pero de forma intencionada, y no como el día anterior en Residente). Son una banda de reirse y bailar a saltos con tus amigos. No pretenden ser más y nosotros se lo agradecemos.

Ya os avanzo que este día ignoramos por completo el escenario pequeño. Mucha gente me dijo que León Benavente estuvieron de la hostia, pero por lo poco que he escuchado de ellos me parecen el típico grupo indie español de música coñazo y cantante sin voz que a la gente le mola “por las letras, que son pura poesía”. Ahora bien, es posible que en directo se transformen y mi opinión cambie radicalmente como ya me ocurrió en su día con Vetusta Morla.

Aclarado esto, los siguientes en presentarse en el auditorio fueron otros resucitados: Mando Diao, que siguen en su lucha por recuperar el éxito que ellos mismos tiraron por la borda tras lo de pasar inexplicablemente a cantar en Sueco, el álbum infame e igualmente inexplicable Ælita y despedir al cantante principal y cofundador.

Mando Diao, foto propia

Creo sinceramente que deberían comprarse una casa en Galicia: Es el único sitio en que siguen estando de moda y se les profesa un cariño fuera de lo normal. Pese a los espectáculos lamentables que han dado los últimos años en estas tierras, siguen tocando aquí con frecuencia y llenando. Joder ¡que este fue ya su segundo concierto en Santiago en lo que llevamos de 2018! Si siguen así van a acabar yendo a Luar como ya le pasara a Boney M.

El concierto fue mucho mejor de lo esperado (aunque estar, están cascaos) y la gente se implicó mucho. A lo mejor fue impresión mía, pero yo los vi emocionados. Coreamos, saltamos, hicimos ruido, nos lo pasamos bien, sí, pero fue un espejismo. Como una cena de antiguos alumnos: Mola volverse a juntar por una noche, pero los tiempos del insti no regresarán nunca.  Desde luego nada que ver con aquellos Mando que vi hace ya una década (justo antes del “Dance with somebody”) y parecía que se iban a comer Europa.

Me he puesto intenso con esta especie de elegía, esperad que compense: Como había mucha cola, meé contra un pino y se me metió meao en el tenis del Primark porque, como sabrán los que se leyeron el volumen anterior, estaban rotos. En fin, tras este asqueroso “inpass“, volvamos a la crónica.

Era el momento de prepararse para Lenny Kravitz. Reconozco que mi presencia en este concierto era por pura mitomanía, que no es el más noble de los motivos por el que ir a un concierto. Me da un poco de rollo esa actitud de coleccionista de cromos en plan “¡yo vi a tal!” y me temo que este era el motivo mayoritario por lo que la gente estaba allí.

Lenny Kravitz, foto propia.

Supongo que por eso mismo me encontré aquí con un par de posturillas un tanto desagradables. Como ellos van a por la celebrity y la música se la suda, se enfadan si les empujas accidentalmente al saltar. Si no quieres que los selfies te salgan movidos, vete del foso, que esto es un concierto de Rock, subnormal.

Si ya, cuando apagaron las luces, todo el mundo empezó a chillar (menos yo, que recordemos que estaba afónico), cuando al fin salió Lenny parecía que se derrumbaba el auditorio. Reconozco que es un portento. Desbordaba el escenario con su presencia. Inexplicable y magnético.

Pero atiende, que el cabrón arrancó con “Fly Away”, con dos cojones. Y siguió con varias bastante conocidas. Aquello era la releche pero acabó por ocurrir lo que yo me temía: En cuanto pasaron las 4-5 más populares, nadie se sabía ninguna más. Llegaba a ser un poco incómodo cuando ponía el micro para que cantásemos y solo se oían tímidos tarareos. Es el problema de cuando el personaje se impone al músico.

De todos modos, Lenny tuvo oficio suficiente para superar esos momentos y no dejar que decayera la cosa. Nos tuvo comiendo de su mano durante todo el espectáculo hasta que llegó el momento estelar: Sacó su Flying V, la mítica guitarra en forma de flecha, y puso todo patas arriba con “Are you gonna go my way”. Uno de los mejores momentos de festival. Lenny tocó  un total 20 minutos más de lo que le correspondía y la peña aún le pedía más bises. Una auténtica leyenda del Rock.

C. Tangana, foto de O Son do Camiño.

Entre el retraso del concierto y lo que tardamos de salir del auditorio C. Tangana ya llevaba un buen rato de concierto en el escenario pequeño. La verdad es que este tipo me tiene intrigado tanto por su música como por los jardines en que se mete y el tipo de gente a la que atrae. No estoy seguro de que me guste, pero lo que está claro es que hace algo nuevo y ha atraído a las nuevas generaciones hasta el punto de que me consta que hubo gente que compró la entrada del viernes solo por su concierto. Ignorarlo por “pijo” o porque “el trap es mierda” sería pecar de carcamal.

Me hubiese gustado adentrarme a ver qué ambiente se respiraba en su concierto, pero por desgracia había ya demasiada gente a esas alturas y además nos moríamos de hambre. Evité el sitio de los burritos mierder para caer en el de las hamburguesas veganas más secas de la historia ¿Podemos reconocer ya que los food trucks son una mierda, por favor?

La última actuación de la noche y, por tanto, del festival, fue la de Martin Garrix. A diferencia de con los 2 Djs anteriores, esta vez el auditorio sí estaba lleno. Estábamos destrozados y ya habíamos gastado nuestros últimos tokens. Nos lo habíamos pasado muy bien y nos resistíamos a que acabase, pero de pronto ocurrió algo: El Dj pinchó “Hey girl, hey boy”, de los Chemical Brothers, grupo al que iríamos a ver a Bilbao en unas semanas varios de los que allí estábamos.

Martin Garrix, foto de O Son do Camiño.

Fue como cuando en la ceremonia de clausura de las olimpiadas se le entrega el fuego a la siguiente sede, como si el festival nos diese su bendición y nos emplazase a la siguiente fiesta. Dimos por buena la señal y abandonamos el recinto antes de que la sesión de Garrix acabase.

Un fin de semana, en definitiva, memorable.

 

O Son do Camiño, una crónica tardía (Parte 2 de 3)


Lo prometido es deuda y volvemos con la segunda parte de mis aventuras en O Son do Camiño, festival de música ya presentado en la anterior entrega de esta crónica.

Viernes 29: Los tenis del Primark are made for dancing.

Como ya adelantamos en el anterior episodio, nos despertamos bastante bien teniendo en cuenta lo del Jagermeister. Genial, porque pese a que esta era la única jornada para la que aun quedaban entradas, para mí era la más fuerte del festival. El día estaba nublado y daban posibilidad de tormenta eléctrica, pero finalmente solo cayeron un par de gotas.

La cantante de The Gift al darse cuenta de que olvidó renovar el tiquet de la zona azul. Foto de O Son do Camiño.

Esta vez los grupos de la tarde nos interesaban bastante menos así que llegamos directamente para ver a The Gift en el auditorio. Son, estos portugueses, el típico grupo que ves en muchos carteles pero rara vez a la cabeza, y eso que ya llevan varios años en el asunto. Pues para mí fueron la sorpresa del festival.

Salieron ante un auditorio semivacío, en el que la gente estaba más preocupada de si iba a llover o no que de atender al grupo, y nos pusieron a todos a bailar con su pop electrónico y una cantante entregada. Al final del concierto todos estábamos pegados al escenario y se llevaron una gran ovación bien merecida. Además, el teclista-bajista se parecía a Mortadelo e iba vestido como Filemón, gran homenaje a la cultura de este país. Hay que quererlos. Si tenéis oportunidad, no os los perdáis.

A continuación nos dirigimos a (la barra cerca de) el escenario pequeño para echarle un ojo a unos desconocidos PLYA. Correctos, pero no me llamaron excesivamente la atención. Los vimos un rato mientras apurábamos nuestras consumiciones y regresamos al auditorio donde nos esperaba, (sigh) Residente.

Residente, foto propia.

No me molaba nada Calle 13 y no tenía ningún interés por ver a uno de sus miembros en solitario. Me hubiese quedado de buena gana en el escenario pequeño, pero por motivos que escapan a mi comprensión, a mis amigos sí les gusta, así que no me quedó más remedio que ceder.

Tratando de ser justo, no estuvo tan mal. Un conjunto de buenos músicos y una carismática corista arropaban más que bien al rapero caribeño, que además demostró tener una excelente voz para el género que interpreta y una gran conexión con el público. Fue un buen espectáculo.

¿Cual es el problema entonces? Las letras. Sus canciones como Residente son activismo político del todo a 100. Las de Calle 13… pues lo que yo recordaba que era Calle 13: rimas sonrojantes y cierto tufillo machista-reggatonero. Pero insisto, una vez conseguí ignorar las letras, me lo pasé bien.

Antes de continuar, deleitémonos con este fornido mancebo cuya foto publicó la cuenta oficial del festival ¡¡Grrruaur!!

Después de descojonarnos un rato haciendo freestyle imitando el tipo de rimas de Calle 13, a mis compañeros les entró el hambre, pero esta vez no les acompañé. Se avecinaba el concierto, para mí, más esperado y no pensaba ceder mi sitio. El tiempo que estuve allí esperando me sirvió para hacer un inesperado descubrimiento: Existen personas a las que no les gusta Two Door Cinema Club. Un misterio de los de llamar a Iker Jiménez, oiga.

Solo uno de mis amigos había vuelto al sitio cuando, de pronto, apareció un fulano disfrazado de Pete Doherty que resultó ser Alex Trimble, el cantante de TDCC, y casi sin tiempo para recibirlo, arrancó nuestros pies del suelo con “Undercover Martin”. Empezaban a tope los norirlandeses y no dieron ni un segundo de respiro.

Se sacaron la presión de encima tocando de primeras las más antiguas y conocidas. Esto fue terrible para mi salud, porque me sabía las letras y me desgañité a cantarlas. Nunca aprendo. Nos hartamos de hacer el chiste de “Bueno, nos vamos ya, que el trabajo está hecho”, pero la realidad es que este grupo no tiene un tema aburrido. Tocaron de carrerilla, a penas interactuaron con el público y no tocaron bises. Sin embargo, de algún modo, sí se produjo algún tipo de comunión que no sabría explicar.

Two Door Cinema Club, foto propia.

Tras un final apoteósico, en el que no faltó “Sleep Alone”, me costaba hablar y mi camiseta estaba empapada. Hacía años que no disfrutaba tanto con un concierto. Lo único que no podía evitar pensar es cuánto más hubiese molado de haber sido ya por la noche, pero no se puede tener todo.

Debido al despliegue de fuerzas realizado, era indispensable descansar. Me reencontré con mis amigos al final del foso, al lado del control de sonido y me senté en el suelo con la espalda apoyada en la valla a tomarme un tinto de verano mientras esperaba por el plato fuerte del día: Jamiroquai.

Una vez más, mis gustos y los de mis acompañantes no coincidieron y decidimos quedarnos donde estábamos para ver a Jay Kay y sus colegas. Me había vaciado en TDCC así que tampoco peleé mucho por ir adelante.

Nos quedamos un poco flipaos cuando vimos el estado del cantante. El bueno de Jay ha sido toda su vida un hortera de primera división. Lo del chándal de yonki y el penacho de indio hace cierta gracia cuando eres un chavalín de 20 años, pero cuando eres un señor de 50 al que, además, le sobran unos cuantos kilos, da un poco de grima. En especial si el penacho en cuestión se ilumina como un árbol de navidad y decides ponerte unos guantes blancos como si fueras el puto Mickey Mouse.

Jamiroquai, foto propia.

Por suerte para todos, el cuidado que parece no haberle dado a su cuerpo sí se lo ha dado a su voz. Sigue siendo poderosa y llena de personalidad. Eso, junto a los músicos que lo acompañan, que nunca fallan, es más que garantía de éxito. Sonaron bien, muy, muy bien. Completaron el show con un acertado juego de luces que convirtieron el Monte do Gozo en una discoteca setentera, excelente para el ritmo funky con el que la banda siempre nos atrapa.

Hicieron un buen repaso de su carrera en el que incluyeron algunas canciones del último álbum y las clásicas: Little L, Cosmic Girl, Travelling without moving… Allí bailaban hasta los camareros, tanto, que mis tenis de 8€ del Primark dijeron basta y se rompieron. Y es que ya lo dicen ellos mismos en “Canned Heat”, uno de mis temas favoritos no ya de ellos sino en general: “You never see my feet cause they move so fast. Dance!”. Un gran esfuerzo al que solo cabe echarle en cara el no haber tocado “Virtual Insanity”, pero en fin, alguna hay que dejar fuera.

Justo al terminar, comenzaba La Maravillosa Orquesta del Alcohol (La M.O.D.A.) en el escenario pequeño. Este grupo me decepcionó, pero no por ellos, sino porque yo pensaba que eran otro grupo. Por algún motivo, creía que eran rollo La Pegatina o Bongo Botrako, y para nada. Hubiese molado un poco de rollo “hey chipirón” a esas horas y justo despues de Jamiroquai. Tonterías a parte, están bastante bien. Quedan de deberes.

Don Diablo, foto de O Son Do Camiño.

Después, mucha gente pegó la espantada y fue cojonudo porque se estaba muy cómodo viendo a Don Diablo. Como ya dije en el volumen uno, no soy muy bueno juzgando a los Djs. Estuvo divertido, aunque quiero mencionar el truco torpe y barato de sacar la bandera de España para ganarse al público ¿No tiene un asesor que le diga que eso en, este país y en un ambiente modernete, no mola? Que tampoco es que personalmente me moleste, pero…

La mayoría del pescao estaba vendido, sin embargo aún quedaba por ver qué sorpresas nos tenía guardadas el pez más gordo del festival al día siguiente.

Y esto dio de sí el segundo día. En breves el tercer y definitivo capítulo de este post que parece alargárseme hasta el infinito ¡Hasta pronto, amigos de Ostia un Lobby!

O Son do Camiño, una crónica tardía (Parte 1 de 3)


¡Hola amigos! Vuestro bloguero desconocido favorito (o sea, yo) se encuentra en plena crisis de los 30, por lo que vuelve a apuntarse a movidas que no hacía desde hace años con la esperanza de darle un canto de cisne decente a su juventud. En este caso, ir a festivales y escribir su experiencia en un blog porque viva el año 2007 me cago en la hostia.

El pasado jueves 28 de junio comenzaba en Santiago de Compostela la primera edición de O Son Do Camiño. Un festival financiado en gran medida por la Xunta de Galicia con un cartel variado, nombres consagrados y un precio, seamos sinceros, de puta risa.

En mi vuelta a este tipo de eventos, me vi rodeado de antiguos amigos de la universidad, el insitituto y el ambiente musical. Como dijo un amigo cuando vio mis fotos en el Facebook: “Fer se ha ido de vacaciones al pasado”. El cartel acompañaba esa borrachera de nostalgia enfrentándome a grupos como Franz Ferdinand, Two Door Cinema Club, The Killers o Mando Diao, ídolos del moderneo durante mis años en la facultad y que, en su mayoría, nunca hasta ahora había tenido oportunidad de ver.

Jueves 28: Resurrección.

Nos liamos un poco con el tema de las pulseras y no llegamos a ver a Bala en el escenario pequeño, una lástima. Tras pillar los tokens y la obligatoria vuelta de reconocimiento, nos sentamos en el prado para ver a Agoraphobia en plan relax. Dieron un concierto muy enérgico y a un volumen absurdamente alto, como tiene que ser. No paran de crecer y lo cierto es que es comprensible. Merecen la pena.

Triángulo de Amor Bizarro, foto de Arturo Coego.

Nos mudamos después al auditorio (el escenario grande) para ver a Triángulo de Amor Bizarro. Siempre me había preguntado cómo funcionaría un show de este grupo en un festival en espacio abierto, lejos del recogimiento y el “tribalismo” de las salas. La respuesta fue que no funciona. Triángulo no conectaron con el público y eso que yo estaba cerca. Lo suficiente como para leer “¡Estáis dormidos, hijos de puta!” en los labios del teclista cuando se adelantó a arengar al público. Yo no se lo tendría en cuenta. Esta banda es de estas que no entran fácil en una primera escucha. Es probable que no te enamoren en un concierto si te cogen por sorpresa porque estabas pillando sitio.

En cuanto a mí, me perdí mis 2 canciones favoritas: La primera porque justo me encontré con un colega y me estaba presentando a sus amigos y la segunda porque tuve que abandonar el foso a causa de que me meaba a nivel extremo. Este último acontecimiento fue clave en nuestra decisión de cambiar del tradicional kalimotxo a los chupitos de Jagermeister con el fin de minimizar el tránsito fisiológico. Contra todo pronóstico, no nos arrepentimos al día siguiente.

Foto de archivo.

Por tomarnos un descanso y pillar sitio para los Ferdinand, nos quedamos en el auditorio y pasamos de ir a Republica. Ignoro si fue una buena decisión porque no conozco al grupo.  El caso es que a penas una horita después, allí estaba uno de mis grupos fetiche, frente a mi, tras tantos años. Salieron, comenzaron a sonar los primeros acordes de “Do you want to” y cuando parecía que el auditorio iba a estallar… EL BAJONAZO. Estaban abriendo el concierto con uno de sus temas más míticos, pero lo tocaban de forma absurdamente ralentizada, como cuando en el YouTube le das a 0.5x para que parezca que el del vídeo va borracho.

Fue un mal comienzo que parecía premonitorio. Aunque las siguiente canciones estaban ya bien ejecutadas, algo fallaba ¿Donde estaban los Franz Ferdinand del puro nervio y energía? Y, a excepción de Kapranos ¿Donde quedó la cuidada estética que un día nos había inspirado a todos a recuperar el rollo “mod”? No me malinterpreteis, fue un buen concierto, la gente acompañó y sus temazos siguen siendo, efectivamente, temazos. Pero aquello estaba falto de alma, como si estuviesemos asistiendo al concierto de una banda tributo a Franz Ferdinand y no a los originales.

Con perdón por la ranciada, pero el tiempo no pasa en balde para nadie. Sacaron disco este año, pero llevaban 5 sin hacerlo y hay que retroceder a 2009 para recordar la última de sus canciones que alcanzó cierta fama. Me duele reconocerlo, pero a día de hoy han alcanzado lo que yo llamo la “fase orquesta” de los grupos de rock: Salen mecánicamente a tocar lo que todos queremos oir. En este caso, sus 3 primeros discos, que fueron la rehostia.

Muchas gracias, Franz Ferdinand, por acompañarme en años clave de mi vida y siempre estareis entre mis grupos favoritos pero por lo que se pudo ver en O Son do Camiño, vuestro tiempo ha pasado. Ojalá esté equivocado…

Franz Ferdinand, foto propia.

Nuestra idea, a continuación, era pillar algo de comer para ver a Rufus T. Firefly. No los conozco pero un grupo con nombre en referencia a Sopa de Ganso tiene todo mi respeto. Lamentablemente eran tales las colas que cuando conseguimos un burrito (bastante mierder, por Tutatis) ya teníamos que pirarnos al auditorio o íbamos a ver a a The Killers desde el quinto carallo.

Con la noche ya cerrada, luchábamos por mantener nuestro puesto en la multitud. Me sorprendió hasta cierto punto que la afluencia de gente fuese tan superior a la de Franz Ferdinand pues yo siempre había sido más de estos últimos y, la verdad, tenía bastante olvidados a The Killers. Craso error, tuve que admitir al final de la noche.

Brandon Flowers enloqueció a la gente con solo con su presencia al frente del escenario con su traje setentero y un símbolo de “macho” en el micrófono. Se ganó al público con su carisma y sus frases ensayadas en español: “Hola gallegos ¡Yo también soy un peregrino!” dijo, y joder, la verdad es que mola que se enteren de a dónde han ido a tocar y hagan el esfuerzo de currarse algo. Más si lo comparamos con la pereza de Alex Kapranos diciendo vagamente “Yeah, yeah, son do caminuou, wow, rock and roll.” entre canciones.

Comenzaron con un auténtico melocotonazo (visca el Fary) que, sin embargo, yo no había escuchado jamás ¿Como era posible? Pues porque es una canción nueva. Han sacado un nuevo álbum y el single (The Man) mola una tonelada. Estupenda señal.

The Killers, foto propia.

La gente comentaba que ni el bajista ni el guitarrista eran los de siempre. Lo cierto es que no los conozco, pero si así fue, la verdad es que ello no afectó al espectáculo. La voz de Flowers sonó, de principio a fin, como un trueno. Poder cantar tan bien de forma ininterrumpida no parecía ni posible. Genial también el coro y genial la puesta en escena, cañonazos de serpentina incluídos.

Se guardaban lo mejor para los bises. Tras la pausita de rigor, el líder de la banda regresó con un traje dorado brillante. Se permitió un momento de lucimiento ante el público, con los brazos extendidos, consciente de que lo estaba petando, como diciendo “Yo soy el rey de este monte”. Fue muy difícil mantener la integridad física cuando, finalmente, tocaron “Human”. Un concierto para el recuerdo y que me ha hecho interesarme por los nuevos trabajos de la banda. The Killers, para mí, han regresado de entre los muertos.

Sin tiempo a recuperarnos de esto, comenzó Carlos Sadness en el escenario pequeño. Su actitud me produce bastante rechazo y algunas de sus canciones eran en plan “Two Door Cinema Club wannabe” descarao. Creo que es un problema generacional porque público no le faltó y la mayoría eran bastante jóvenes. No me molesta, pero no me gusta.

Lost Frequencies, foto de O Son Do Camiño

La noche terminó con el Dj Lost Frequencies. Reconozco que no sé apreciar justamente el trabajo de estos artistas, así que me limitaré a decir que nos lo hizo pasar muy bien, que para el caso me parece la mejor crítica que le pueden hacer a uno.

Estábamos agotados, pero llenos de expectativas ante el fin de semana que nos esperaba.

Vaya por Dios, me he extendido demasiado y aún no he llegado al segundo día. Vamos a dejarlo por hoy y a ver si puedo publicar pronto la segunda parte ¡Un abrazo, amigos de Ostia un Lobby, y hasta pronto!